Mi marido estaba muerto. Mi suegra me echó de casa embarazada de 3 meses. En el hospital, un médico me llevó a conocer a una persona. Me llamo Sofía García, tengo 29 años y soy maestra de infantil en un pequeño pueblo de Castillalá, Mancha. Me casé con Javier Rodríguez, un jefe de obra. Nuestra boda fue en mayo de 2025 y poco después me mudé con él a Madrid. Fuimos a vivir a un chalet que pertenecía a su familia. La casa era espaciosa, con paredes pintadas en un tono crema y puertas de madera maciza y robusta. Al y tentrar se sentía un ligero aroma aceites esenciales, como una casa siempre bien cuidada y próspera.
Aquel día, cuando el autobús paró en la estación sur, arrastré mi maleta con dificultad. El estómago todavía lo tenía revuelto del viaje. Javier ya me esperaba allí. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos y me dedicó una sonrisa cálida. Me cogió el bolso y dijo medio en broma, Cariño, Enquent, has llegado a Madrid. Se acabó la vida de princesa de pueblo. Sí, pero sigo siendo tu princesa. No escuché aquello con una mezcla de vergüenza y calidez. No porque me gusten las palabras dulces, sino porque después de meses de noviazgo a distancia, finalmente podía apoyarme en alguien que me esperaba en medio de aquella ciudad. Extraña me llevó a casa en su moto pasando por calles increíblem congestionadas con el sonido de los claxones resonando por todas partes.
Me senté detrás abrazando su cintura, observando los luminosos carteles publicitarios y sintiéndome diminuta. Él dijo, No te preocupes, te acostumbrarás. Madrid es así, pero también hay mucha gente buena. La verja de la casa era de hierro forjado negro con un jardín que transformaba el espacio urbano. En cuanto entré, me encontré a mi suegra. Su nombre era doña Elvira Morales. Tenía una constitución robusta. El pelo recogido en un moño impecable llevaba un vestido de estar por casa de color marrón oscuro. Me miró de la cabeza a los pies. Su mirada no era hostil, pero sí afilada, como si me estuviera evaluando. Entonces sonríó lentamente. Ya has llegado, hija. El viaje ha sido largo. Debes de estar cansada. Entra, lávate la cara y vamos a comer. Me apresuré a juntar las manos.