Luego me arrodillé junto a ellos sobre la alfombra y examiné su trabajo con detenimiento. Vi esfuerzo. Cuidado. Empatía, mucho más allá de su edad.
Esa noche, durante la cena, los miré de otra manera. No como niños a los que vigilar, sino como jóvenes que aprendían a ser útiles a los demás.
Abrí esa puerta por miedo.
Lo cerré, con orgullo.