
Sin embargo, otra disciplina complementaría este camino atípico. Su padre, preocupado por la fragilidad de su hijo, le sugirió las artes marciales para desarrollar su fuerza y confianza. Una decisión que transformaría su vida.
Con tan solo 10 años, descubrió el karate Shotokan. Y todo encajó a la perfección: el rigor del ballet, la fluidez de los movimientos y la precisión que había cultivado durante años se combinaron de forma natural.
Esta singular fusión de danza y artes marciales se convertiría en su sello distintivo. Cada gesto es magistral, elegante y controlado: una expresividad que combina delicadeza y fuerza con una facilidad asombrosa.
Un adolescente transformado por su pasión.