En el Bruselas de los años sesenta, nada parecía presagiar que este joven se dedicara al cine. Frágil, reservado y a menudo retraído, prefería los estudios de danza al patio de recreo. ¿Su refugio? El ballet clásico. Mientras sus compañeros soñaban con ser porteros o pilotos de carreras, él practicaba la arabesque, trabajaba su equilibrio y buscaba la precisión en cada movimiento.
Y no solo amaba la danza: se dedicó a ella por completo. Cinco años de práctica para perfeccionar su técnica, con una pasión tan genuina que finalmente atrajo la atención de profesionales. Una prestigiosa invitación a la Ópera de París confirmó su talento. Un hito excepcional para un adolescente tímido cuya prioridad era lograr la armonía entre su cuerpo y la música.
Cuando la danza se une al dominio del movimiento