La osteoartritis es el precio que paga el cuerpo por el paso del tiempo, pero también por la falta de atención.

Esta enfermedad articular degenerativa se produce cuando el cartílago, el tejido liso y flexible que recubre los extremos de los huesos, comienza a desgastarse. Sin esta capa protectora, los huesos rozan directamente entre sí, causando dolor, rigidez e inflamación. Con el paso de los años, la articulación pierde movilidad y la molestia se vuelve constante.

La osteoartritis no aparece de la noche a la mañana. Es el resultado de un proceso degenerativo lento, influenciado por el envejecimiento, el sobrepeso, el esfuerzo físico repetitivo, la mala postura, el sedentarismo y factores genéticos. Las articulaciones más afectadas suelen ser las rodillas, las caderas, las manos y la columna vertebral, las zonas más expuestas al impacto y al peso corporal.

El dolor es la primera señal de alerta. Luego aparecen la rigidez matutina, el crujido articular y la pérdida gradual de movimiento. En etapas más avanzadas, pueden aparecer deformidades óseas e inflamación crónica. Si bien no existe una cura definitiva para la osteoartritis, el tratamiento puede ralentizar su progresión y mejorar la calidad de vida.