Me desperté a las dos de la mañana. No por un ruido, ni por una pesadilla, sino por esa sensación subconsciente de que algo andaba mal. 👇

Capítulo 3

—Habla —ordené, con el estómago revuelto. Me levanté del escritorio y me acerqué al enorme ventanal que daba al bullicioso centro de la ciudad. La gente se afanaba en sus tareas como hormigas, los coches pasaban en fila india. Cada uno con su propia historia, sus propios problemas. Pero en ese instante, mi mundo se redujo a la voz de Simeón al teléfono.

—Primero, los pequeños detalles —comenzó con tono profesional—. A nuestro hombre, Martin, le gusta vivir bien. Mucho mejor de lo que le permite su sueldo de arquitecto junior. Restaurantes caros, ropa de diseñador, fines de semana en el extranjero. Su sueldo oficial no cubre ni la mitad de estos gastos.

—Ya lo sé. Mira paga casi todo. Tiene el fondo fiduciario —dije. Era una de las cosas que siempre me habían inquietado.

—Sí, pero no es solo eso —continuó Simeón—. Hace aproximadamente un año y medio, justo antes de conocer a Mira, Martín tenía graves deudas. De juego. Estaba metido hasta el cuello en unos tipos bastante desagradables. No se trataba de un banco, sino de usureros. La cantidad era considerable.

Un escalofrío me recorrió la espalda. "¿Y?"

"Y de repente, en una semana, la deuda queda saldada por completo. Hasta el último céntimo. No hay rastro de dónde salió el dinero. Ni transferencia bancaria, ni retiro de cuenta. Solo efectivo. Poco después, conoce a Mira."

Me quedé en silencio, procesando la información. La imagen comenzaba a tomar forma, y ​​era fea.

—Hay algo más —añadió Simeón, como si sintiera la necesidad de rematar mis dudas—. Esta tarde tuve una reunión. En un café de una callejuela a las afueras. No fue con Mira.

"¿Con quién?"