Fue considerada no apta para el matrimonio, por lo que su padre la entregó al esclavo más fuerte, Virginia, 1856.

Primera parte

En la primavera de 1856, la gente del condado de Albemarle ya había decidido en qué se convertiría la vida de Eleanor Whitmore.

Al principio no lo hicieron con crueldad. Esa fue la peor parte. Lo hicieron en voz baja, con pequeños suspiros de compasión, con esa lástima tan suave que no deja huella y, sin embargo, lo deja todo hecho pedazos. Cuando Eleanor tenía ocho años, un caballo la tiró al suelo una húmeda tarde de octubre, y para el invierno quedó claro que sus piernas jamás volverían a sostenerla. El médico de la familia hablaba con voz cautelosa por encima del escritorio de nogal en el despacho del coronel Richard Whitmore, y los sirvientes aprendieron a moverse con más sigilo por los pasillos, y se encargó una silla de ruedas de caoba a Richmond con brazos pulidos y herrajes de latón tan finos que parecía más una pieza decorativa que una necesidad.

Para cuando Eleanor cumplió veintidós años, la silla ya formaba parte de la imagen que la gente tenía de ella incluso antes de oírla hablar.

Primero se fijaron en las ruedas, luego en la quietud de la manta que cubría sus piernas y, finalmente, en su rostro.