Al día siguiente llegué al restaurante diez minutos antes. Elegí una mesa en el rincón más alejado, discreta y tranquila. Necesitaba paz para la conversación que iba a tener lugar. Estaba muy nerviosa. No había dormido bien y me daban vueltas en la cabeza todo tipo de escenarios, cada uno más sombrío que el anterior.
Mira llegó justo a las doce. Al verla entrar, sentí un nudo en el estómago. Se veía cansada, con ojeras. Iba vestida de forma sencilla, con vaqueros y un suéter, como si intentara pasar desapercibida. La sonrisa con la que me saludó era forzada y no le llegaba a los ojos.
Se sentó frente a mí y juntó las manos en su regazo, evitando mi mirada. El silencio entre nosotras era denso, cargado de palabras no dichas y acusaciones.
—¿Cómo estás, cariño? —pregunté, intentando empezar con la mayor suavidad posible.
"Estoy bien, papá. Solo estoy un poco ocupado con los estudios."
Una mentira. La primera de muchas que vendrían después, estaba seguro.