Me desperté a las dos de la mañana. No por un ruido, ni por una pesadilla, sino por esa sensación subconsciente de que algo andaba mal. 👇

Me desperté a las dos de la mañana. No por un ruido, ni por una pesadilla, sino por esa sensación inconsciente de que algo andaba mal. El corazón me latía con fuerza y ​​lentitud, como si contara los últimos segundos de paz. El teléfono en la mesita de noche brillaba tenuemente en la oscuridad del dormitorio. La pantalla estaba llena de notificaciones. Dieciocho llamadas perdidas. Todas de Mira.

Un escalofrío me recorrió las venas. Mira no había llamado hasta entonces. Nunca. Era ordenada, responsable, sabía que dormir era mi fortaleza, mi único refugio de las presiones del trabajo y de la vida. Dieciocho veces. Esto no era una llamada, era un grito de auxilio. Me temblaban los dedos al desbloquear el teléfono. Debajo de la serie de iconos rojos de llamadas perdidas había un mensaje. Uno. Corto, entrecortado, como escrito con pánico.

"¡Papá, ayuda! ¡Ven rápido!"